Somos las nietas de las brujas que no pudisteis quemar

Somos las nietas de las brujas que no pudisteis quemar

Cuando empecé a leer Yo, Tituba, la bruja negra de Salem, pensaba que iba a encontrarme con una bruja, con el estereotipo de una bruja. Sin embargo, me encontré con Tituba, una mujer que, a mi parecer, tiene más de heroína que de bruja.

Definición de bruja según la RAE.

Es curioso, ¿no? Como la sociedad, a lo largo de los años, ha conseguido que las mujeres libres adquieran siempre un papel de antagonista, de mala, de peligrosa. En realidad, aunque estoy hablando de una novela, no estoy hablando de un personaje: Tituba existió de verdad y esta historia, aunque con ciertas licencias literarias, es una de las tantas historias terroríficas que han sucedido en el mundo. Los procesos judiciales de las brujas de Salem (Massachusetts) comenzaron en marzo de 1692 y no finalizaron hasta un año después, 1693. Aunque, en realidad, el rechazo hacia las mujeres con dotes «místicos» y la persecución y maltrato hacia las mujeres negras ya tenía una larga trayectoria.

Os pongo un poco en contexto: nos situamos en la colonia inglesa de Massachusetts Bay. Salem formaba parte de esta colonia que vivía bajo la presión de guerras fronterizas con pueblos indígenas y la amenaza constante de ataques franceses. Existían grandes diferencias económicas: por un lado estaban los comerciantes ricos de Salem Town, por otro lado los campesinos de Salem Village y en última instancia los esclavos, que acostumbraban a ser negros/as, carentes de libertad y de derechos. En cuanto a la religión, los colonos eran puritanos, creían en la predestinación y en una vida moral muy estricta. La figura de Satanás tenía mucho impacto: se consideraba que el diablo actuaba en el mundo, que estaba presente en la mayoría de situaciones y que había personas afines a él, de ahí surge el concepto de brujería. Por supuesto, la brujería estaba asociada a las clases sociales más bajas, especialmente, a las personas inmigrantes y esclavos.

La atmósfera era de sospecha y miedo. Fruto de este clima tan inestable, algunos jóvenes empezaron a experimentar comportamientos extraños: convulsiones y alucinaciones que, pronto, los colonos achacaron a la brujería. Se desecadenó así una ola de acusaciones y juicios hacia un grupo de mujeres: indigentes, negras, esclavas y herejes. Se dictaron más de 29 condenas por brujería, 19 de ellas fueron ahorcadas y solo un hombre fue asesinado por negarse a declarar en contra de ellas. Una de las mujeres condenadas fue Tituba, nuestra protagonista.

La historia, que como todos sabemos está escrita en su mayoría por hombres blancos, explica estos sucesos desde una perspectiva impersonal. De esta manera, las muertes parecen un suceso natural, consecuencia de un clima poco favorable. Las emociones de quien vio en peligro su vida una, dos y cien veces, se disuelven con los conflictos sociopolíticos de la época. Por fortuna, existe la novela, el arte de escribir a través de los ojos de quien no pudo utilizar su lengua para rebelarse. De alguna forma, Maryse Condé, la autora de esta novela, ha dado forma a una frase que, desde siempre, me gusta: «Somos las nietas de las brujas que no pudisteis quemar.»

Pero, entonces, ¿fue Tituba una bruja?

Según a quién le preguntes. Para aquellos que quisieron matarla, por supuesto que sí. Tenían pruebas o, por lo menos, la certeza de que todas aquellos gestos casuales eran consecuencia de un poder que no alcanzaban a comprender. En el libro, sin embargo, leemos en primera persona a Tituba y lo que descubrimos es, únicamente, la voz silenciada de una mujer poderosa cargada de miedos.

Tituba es negra, es esclava y, desde que nació, ha tenido el único objetivo de sobrevivir. En numerosas ocasiones se pregunta para qué, para qué se aferra a la vida, para qué se esfuerza en ayudar al prójimo, si el prójimo solo la desprecia, la insulta y la maltrata. Tituba no sabe quién es Satanás hasta que los colonos lo nombran, tampoco sabe qué es una bruja hasta que la definen como tal. Ella solo sabe que quiere ser libre, que puede ayudar a los demás con sus conocimientos en hierbas y animales y que tiene el don de poder comunicarse con los que ya no están. Lo hace de una forma natural y consigue hacerlo porque está conectada con la naturaleza: con el viento que sopla y dice, con el vuelo significativo de las aves…

Pero, entonces, ¿fue Tituba una bruja? Puedes juzgarlo tú, leyendo el libro.

La libertad que nos fue arrebatada es la que hoy todavía nos persigue

Me hubiera encantado leer el libro y conectar con él solo a medias. Al fin y al cabo, soy considerada, socialmente, una mujer privilegiada: soy blanca, cishetero, tengo un físico muy normativo, una carrera universitaria y un máster, estoy sana y vivo en un país donde, en principio, tengo los mismos derechos que un hombre. Sin embargo, he conectado de una forma muy especial con Tituba: con su manera de empequeñecerse cuando se encuentra en un apuro; con su valentía para acabar enfrentándose a todo lo que se ponga por delante; a su incapacidad para hacer el mal, aunque el mal la persiga hasta el lecho de muerte; con su sensación de derrota y de batalla, de víctima, de bruja y de verdugo; con la delicadeza del cuidado y del descuido. Tengo la sensación de que el pasado, de una forma u otra, nos persigue generación tras generación para convertirnos un poco en lo que somos. La libertad que nos fue arrebatada, a nosotras o a nuestras hermanas, nuestras madres, nuestras abuelas, nuestras bisabuelas, todavía hoy nos persigue.

Información técnica del libro

Autora: Maryse Condé

Traducción: Martha Asunción Alonso.

Encuadernación: rústica con sobrecubierta

Páginas: 164

Formato: 14 x 21,8cm

Colección: Impedimenta

Año de publicación en este formato: 2022

ISBN: 978-84-18668-28-9

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