Hace unos días terminé de leer Cuanta más gente se muere más ganas de vivir tengo. Es un título sugerente, ¿verdad? Lo escogí por eso mismo, no me escondo, ni siquiera leí la sinopsis. Cuando me adentré en él, me di cuenta de que no se trataba de una novela, si no de un ensayo reflexivo. Y poco a poco, fui descubriendo quién era Maruja Torres, hasta el momento, ni siquiera había oído hablar de ella. Me avergüenzo de mi ignorancia, basta hacer una búsqueda rápida en Google para cercionarte de que es una reconocidísima periodista española, corresponsal de guerra, escritora, ganadora de varios premios, algunos de tanto renombre como el Nadal o el Planeta. Es fuerte que sepa quién es, no sé, Lola Lolita y no esta señora. Justo de eso os quiero hablar.
Entiendo que conocer a Lola Lolita y no a Maruja Torres tiene que ver con el algoritmo, que detecta que soy una chica blanca, de entre 20-30 años, cishetero, bastante normativa y que se queda viendo en bucle, de vez en cuando, vídeos que hablan de temas tan científicos e imprescindibles como «qué gato serías según tu horóscopo» (offtopic: seria un gato cartujo, es muy mono). Es evidente que vivir en esta era no es fácil, con el auge de las nuevas tecnologías, las guerras que no cesan, la precariedad laboral, el capitalismo que asfixia, la política que cada vez está más polarizada, el cambio climático. Visto así, casi me doy pena, a mí y al resto de la sociedad. Pobres de nosotros. La verdad es que pensar que es culpa de algo que no me concierne me relaja, me quita peso, me hace pensar que no soy tan estúpida. Pero en el fondo, muy en el fondo, sé que tengo la responsabilidad de educarme a mí misma y de tomar o no partido de las cosas que suceden a mi alrededor. Y también, por supuesto, de conocer más a Lola Lolita que a Maruja Torres. En una de las paredes del instituto donde trabajo hay un texto que siempre me deja pensando:
Un médico no te hace estar sana. Un profesor no te hace aprender. Un entrenador no te hace estar en forma. En algún momento tienes que darte cuenta de que tu crecimiento es tu responsabilidad.
Me he puesto de ejemplo, porque es más fácil hablar en primera persona y porque, todavía, peco de escribir con miedo: a equivocarme, a generalizar demasiado, a sentar cátedra, a sermonear, a «dar la chapa»; pero creo que vivimos en una sociedad que pretende que los conocimientos vengan de forma simple, sin esfuerzo y del exterior. Tal vez por eso los «mentores», «asesores» o «coaches» tengan tanta fama, porque es mucho más agradable pensar que el sistema está corrompido y que sabiendo las dos o tres cosas que te puede decir una persona multimillonaria con Rollex te basta. Probablemente porque has llegado a pensar que el dinero es más importante en este mundo corrompido que tu propia inteligencia. Aprender es incómodo porque suscita muchas preguntas. Cuantas más preguntas tienes, más estúpida te sientes. Nadie en su sano juicio querría sentirse estúpida.
El lunes vuelvo al trabajo. Y el día 8 se reincorporan los alumnos. Mentiría si dijera que no estoy nerviosa, que no siento la responsabilidad de enseñarles aunque sepa de sobras que su aprendizaje no depende solo de mí. Podría decir que no he ensayado respuestas automáticas para responder a la pregunta de «¿y esto para qué sirve?» aunque sepa, a ciencia cierta, que acabaré rebotando la pregunta para que sean ellos mismos los que encuentren una respuesta. Podría decir que con los apuntes del año pasado me quedo conforme, que no me he estado leyendo todos los Canvas, que no he creado un Excel con ideas de trabajos que les puedan resultar interesantes o, como mínimo, menos aburridos. Podría mentirme a mí misma, y a vosotros de paso, y decir que no me escandalizaré cuando me pregunten, con los ojos como naranjas, quién es Estellés. Qué hipócrita.
Pensaré para mis adentros qué estamos haciendo mal: como sociedad, como profesores, como padres, como seres. Cómo es posible que el autor de referencia de su ciudad no les haya, ni siquiera, suscitado un poquito de interés. ¡Si hasta uno de sus poemas ha sido este verano la banda sonora de un anuncio de cervezas! Seguro que es Instagram, la televisión, el capitalismo, la precariedad, la política. Entonces, respiraré, pensaré en Maruja Torres, en mi propio desconocimiento. Y aunque, claramente el contexto en el que vivimos tiene mucho que ver, seré consciente de que ellos también pueden ponerle remedio a su realidad (o por lo menos a una parte de ésta). Les acabaré enseñando el anuncio, les hablaré de la vida del autor, les recitaré algún poema y les haré entender, o por lo menos lo intentaré, que pueden aprender más, que pueden saber más si ellos quieren porque «en algún momento tienen que darse cuenta de que su crecimiento es su responsabilidad.»
